El sueño de ayer, aquel que me hacía volar
(Lanna, 2º de Bachillerato, relato corto)
Sueño con el marchitar de las flores de primavera...la añoranza de sus colores, sus formas, sus agradables olores...las hojas ásperas y secas que comienzan a caer de los árboles, como lágrimas. Y ya cuando se han formado montones y montones, corretear entre ellas e imaginarnos que son nubes de algodón, y revolvernos una y otra vez hasta que el pecho nos de tumbos, justo cuando mi mirada se pose en tu mirada, la tuya en la mía.
El frío viento que corta como filo de navaja en un día gris de nubes negras en el firmamento. No correr y gritar, sentir cada gotita desvanecerse por nuestras mejillas, notar como cada parte de tu cuerpo se vuelve más resbaladiza, escuchar las miles y millones de gotitas estrellarse contra el suelo...me encanta. ¿Eres libre de verdad? Libre como los pájaros que vuelan alto, muy alto en el cielo.
Paisaje gris, pero dulce.
Y por la noche: “Tengo algo para ti, amor”. Y deja caer de su boca el dulce beso de buenas noches, y me quedo mirándola toda la noche, porque es lo más bonito que puedo hacer.
Pero ella ya no está junto a mí. Tiene el abrigo entre las manos y no para de besar a mi madre. ¡Ay! ¡Quién pudiera ahora coger uno de aquellos dulces besos! Y lo preciosa que está, aún con esos pelos de loca que tanto la preocupaban y con poco maquillaje de tanto llorar. Ella agarra fuertemente la mano de mi madre y, de vez en cuando deja soltar alguna lagrimilla que se limpia rápidamente para que no contagie a las demás.
De repente, susurra algo al oído de mi madre y desaparece, moviéndose como un fantasma por el mármol del pasillo.
Pero ayer, aún antes de que el sol sustituyera las largas noches de verano por aquel otoño frío y cabrón, esperaba en el banco del parque a que Lucía saliera de la tienda de fotos donde trabajaba. Cuando lo hacía, se me quedaba mirando fijamente con cara extraña y sólo algunas veces me saludaba con un leve susurro y cabizbaja. Yo, ante eso le regalaba la más amplia sonrisa que sabía, y la perseguía con la mirada hasta que doblaba la esquina camino hacia su casa. Casi era metódico. Muchas veces excusaba mi comportamiento con un libro entre las manos, fingiendo leer novelas de amor o de aventura, y otras sacando a pasear a la Estrella.
Cuando ya no la veía, volvía a casa tardando el doble de lo normal, repasando cada movimiento de sus caderas, mientras mi sonrisa se difuminaba poco a poco de la cara. En aquellas ocasiones, ella me parecía una princesa, una chica imposible para alguien como yo, sin trabajo, sin coche, sin futuro, puro desorden y casi un mocoso. Me ponía muy nervioso recordar lo hermosa que era, lo que le brillaba el pelo desde muy lejos y lo que era yo, siempre mendigando monedas para conseguir comprar tabaco. Me enfadaba mucho conmigo mismo, sentía rabia por no saber cambiar o por habernos encontrado en un momento malo de la vida.
Porque yo sí esperaba hacer grandes cosas, tenía sueños, ideas, proyectos... Tan sólo era una mala racha y prefería pensar que las cosas buenas vendrían cuando estuviera ella a mi lado; y cuando lo estuviera, viviríamos todas juntos y seríamos tan felices que no necesitaríamos nada más en nuestro interior.
Así fueron pasando los días. Las mañanas las dedicaba a ir de aquí para allá, dejándome caer en un lado y en otro en busca de algún sitio donde necesitaran a alguien que les echara una mano con pequeñas o grandes cosas, fueran lo que fuesen, daba igual, yo a todo me adaptaba. Algunas tardes las pasaba con el único amigo del cole que me quedaba y dábamos una vuelta desde la calle del Fresno subiendo hasta Miraflor, donde a lo lejos se podía ver “fotos Serrano, sus fotos en una hora” desde el principio de la calle. Pero nunca me acercaba.
A eso de las ocho y media, mis citas y tareas se aplazaban hasta mañana y corría a casa para arreglarme lo mejor que sabía hacer, coger a la Estrella o “Viajes hacia un nuevo mundo” y volver a Miraflor para ver la cara curiosa de la niña que más loco me tenía.
Un caluroso día de principios de agosto, avisaron una gran ola de calor y casi se hacía imposible salir de casa. Casi sin ganas, bajé a por comida para la Estrella y poco después me tumbé en el sofá, intentando reconciliar el sueño perdido de la noche pasada donde el viento no apareció por ninguna parte y tanto calor parecía abrasarme.
Me desperté sobresaltado en un sueño donde, por más que corría no llegaba a la tienda de fotos Serrano y rápidamente miré el reloj, con la esperanza de que fuera un sueño y nada más. “No, no puede ser...” En efecto, eran las nueve y media.
Bajé las escaleras de dos en dos casi perdiendo la respiración y corrí y corrí calle Miraflor arriba, notando la pesadez de mis piernas que no conseguían avanzar ni un palmo de distancia.
De repente allí la vi, a lo lejos, sentada en el banco de enfrente de la tienda que tanto conocía. Tuve que pararme en seco aunque quería correr hacia ella, sabía que algo iba mal. Siempre podía ver su brillo especial a un kilómetro de distancia, pero aquella noche sólo despertaba tristeza. ¿Qué habría pasado?
Despacito me acerqué. Al verme junto a ella, alzó su dulce mirada llena de lágrimas y se levantó rápidamente para abrazarme con fuerza. Lloraba sin parar, con rabia, y la impotencia me invadió al no poder hacer nada.
En la atmósfera calurosa de aquel día de verano ardía la furia que poco a poco fue soltando hasta finalmente dejarse caer en el banco. Yo la miraba, y pasaron miles y miles de ángeles que dejaron un silencio casi incómodo entre los dos.
- Siento lo ocurrido.- dijo, haciendo chocar las palabras una a una como si quemaran de su boca. – Sólo es que me siento muy mal. He tenido un día de perros y me han dicho que tal vez cierren la tienda.- Al pronunciar esto suspiró levemente y algunas lágrimas rebeldes comentaban a encharcar sus ojitos marrones. Saqué un pañuelo y con delicadeza, sequé a las rebeldes que ya corrían por las mejillas.
De nuevo se levantó y me regaló otro de sus abrazos. Esta vez se había dejado olvidada la rabia que hace un momento la dominaba.
- ¿Te apetece dar un paseo?- inquirí con valor. Y ella me contestó con la sonrisa más bonita que jamás había visto.
Andamos en silencio entre las calles, mirando a la gente que reía sentada en la terraza de algún bar o que daba una vuelta como nosotros disfrutando de la suave brisa que por fin salía.
Y de repente se giró, dejándome ver los ojos más brillantes que jamás había visto.
Al principio pensé que sería la luz de la farola en la oscuridad de aquella noche, en la que por más que intentaba ver una estrella no encontraba ninguna.
- Bueno y ahora, ¿dónde vamos?- dije, poniéndome frente a ella de manera que nuestras miradas se posaron una en la otra. Habíamos llegamos a una calle sin salida. Lucía dudó pensativa un minuto, y finalmente dijo con soltura:
- A las estrellas...Llévame lejos, muy lejos...al cielo.- y me dio bruscamente la espalda para alzar la vista al cielo, como una gran soñadora.- Donde no exista el tiempo, horas, minutos segundos...Donde me pueda quedar junto a ti para siempre.
Y tan pronto me sentía como si mil nubes besaran mi cuerpo en los cojines del cielo...nuestro cielo. Se abalanzó precipitadamente a un banco cercano y esperó a que yo la siguiera y me sentara a su lado. Acurrucó su cabeza entre mis manos con gran ternura maternal y cerró los ojos fuertemente. De repente los abrió y dijo:
- Ven, acuéstate sobre mi y veamos juntos el cielo.- casi de inmediato, sin pensarlo, incrédulo, como si fuera un sueño, me dejé caer sobre ella con cuidado de no hacerla daño. Hicieron falta unos minutos hasta encontrar la postura correcta pero al final dijo:
- Ojalá pudiéramos ver algo más que este cachito que se extiende sobre nosotros,
pero bueno... En Madrid no se pueden ver las estrellas.
...
- Pero imagina por un momento que no estás aquí, que te pones los cascos del mp3 y vas al lugar donde quieres estar. Entonces, ¿donde estarías?- su pregunta me pilló por sorpresa y al ver que no contestaba, puso una mueca de no ser tan difícil. Es cierto que todo el mundo tiene un lugar donde le gustaría huir siempre que lo necesite, pero para mí cualquier lugar sería bueno estando con ella. Finalmente, cansada de esperar, contestó:
- Yo elijo una gran isla desierta, con una playa enorme de agua cristalina y arena finita. Pero te tienes que bañar ¡eh! Nada de que el agua está muy fría. – me sonrió con complicidad.- Y aún están tan bien...los paseos por la arena, las olas sacudiéndonos los pies, el sol calentándonos el corazón...hasta casi arder. Sin nubes, ni lluvias, ni truenos que nos quiten el sueño por las noches, ni nada que nos moleste.
Y cuando me quiero dar cuenta, veo que alza la vista al cielo y se encuentra con esas pequeñitas estrellas que iluminaban sus sueños, se que también mis sueños.
De nuevo volvieron a pasar esos ángeles que dejaban un gran silencio atroz, y de nuevo estaba ella para romperlo.
- Siempre estabas a la salida de la tienda de fotos... ¿Por qué? Si muchas veces veía el libro al revés y que no hacías caso a la perra. Se te veía tan...feliz. Muchas veces imaginaba que tu vida era demasiado agradable para estar siempre allí, a la misma hora, en el banco de enfrente de la tienda ... Siempre sonriente. - No supe qué contestar, tal vez tampoco tenía nada que decir...- Pero me hacía feliz verte allí, esperando en el banco a que pasara algo. Y cuando ya pasaba, te ibas tranquilamente, aliviado y aún más sonriente.
Y de repente pareció comprenderlo todo. De un movimiento se puso erguida y me miró con ojos de pecado. Yo no podía decir nada.... pero ya no hacía falta decir nada.
En aquel preciso momento, mientras las hadas terminaban de tejer sus sueños y dejaban atrás su día, me apresuraba por dedicar una acaricia.. Los ojos seguían brillantes, la pasión, efímera en el interior, todo se había quedado intacto, el tiempo no había rasgado las entrañas ni asfixiado al corazón. Susurros, caricias, miradas bajo la luna hasta que la sangre ardió en mi interior, me consumía tan lentamente...
Sentí cómo sus tiernos labios rosados dejaban escapar el dulce beso del cielo que nos habíamos creado en nuestros sueños. Porque casi parecía un sueño, en el que nacía en mí una nueva ilusión, y miles de nuevos deseos.
Me sonrió, y yo no dejaba de sonreírla, mientras mirábamos al cielo en busca de estrellas. De repente me acordé de algo:
- Lucía...¿Recuerdas la primera vez que nos encontramos? – me miró con la misma cara asombrada que ponía las veces que iba a verla a la calle Miraflor. Era de esperar. Desde hacía meses me fijaba en ella todos los días, cada detalle de cada día hacía mella en mi interior y su recuerdo me perseguía . ¡Cómo para olvidarme!
- Yo si, yo nunca lo olvido. El dulce de tu voz, de tu risa, ¿qué pensarías de mí al verme? Aquel día en el que fui a hacerme unas fotos y encontré a la fotógrafa más simpática del mundo.
Hice una breve pausa. Ella no me miraba, como esperaba, sino que seguía el hilo de mi voz cabizbaja y pensativa.
- Se, que es loco, pero también recuerdo lo que vestías, lo que vestía. Es curioso, ¿no? cómo estas pequeñas cositas pueden clavarse en la mente; e inevitablemente cada vez que viajo hacia aquel lugar, asaltan sin querer mis pensamientos. Yo los intento calmar, créeme que les intento calmar, les susurro despacito y les digo que ya, que lo dejen en paz, pero rebeldes e inquietos vuelven a atacar.
Tú me decías que sonriera, que era una pena que saliera tan serio teniendo una sonrisa tan bonita. Pero yo sólo podía reírme contigo. Y parece como si hubiera pasado una eternidad...y tan solo ha pasado una puesta de sol, esta vez la hemos pasado juntos...el tiempo vuela.
Aquella tarde podía haber empañado sus ojos en lágrimas, podía estar más sensible que de costumbre pero cuando volví a mirarla había en sus ojos un brillo especial, casi cegador.
Inmediatamente se incorporó, lanzó un leve suspiro al aire y de manera tierna me susurró: “¡Qué fácil eres de querer!” Y me besó nuevamente.
Y quería y deseaba que se parase tiempo ahí, en ese preciso momento, y que no pasara ni un segundo. Que su mirada siguiera clavada en mi mirada, que inunden besos, abrazos, caricias...
Mentiría al decir que no me sentía bien. Mentiría una vez más al decir que podía pedir más y más, ¿qué más podía querer? Éramos como frágiles pompas de jabón, perdidas en la magia de una locura; porque locura, es amor.
El reloj de la plaza tocó las campanadas de medianoche y Lucía se agitó nerviosamente. Yo ya sabía qué significaba: teníamos que irnos. Seguramente querría descansar para afrontar el día con muchas más ganas (y así esperaba) que hoy.
Bajamos juntos hasta la calle Miraflor, donde ella torcía la esquina y yo bajaba de nuevo la calle. Me dio un dulce beso de buenas noches y la prometí estar mañana a la misma hora en el banco que tanto conocía, como ya había hecho tantas otras veces.
Cuando ya no la veía, me dispuse a bajar la calle tan tranquilamente como antes hacía, pensando en ella y todo lo vivido aquel día. Ahora estaría en casa, soñando, y yo querría...
Querría haber tenido unas preciosas alas de colores para volar hasta su casa, posarme en su ventana y contemplar cada segundo de la vida que pasa, cada risa que la haga saltar de alegría, cada vuelco que de el corazón, susurros del alma... Cada lágrima de esas que ya no irías nunca más a soltar.
Y despacito, cuando la luna ilumine tus sueños querría mecerme hasta la cama...compartir juntitos un ratito en tus oídos, corretear entre las sabanas que se que aun guardan tu olor, regalarnos aunque sea en sueños mil abrazos y velar por el ultimo sueño de la noche y el primer pensamiento de mañana.
Los días siguientes vinieron como un sorbo de agua fresa y pasaron volando el cielo azul, que cada vez se teñía más de gris y se vestía más de otoño.
Como antes, acudía cada día a la misma hora a recoger a Lucía, esperando a que saliera con ese aire lleno de vida que tanto me contagiaba. Y así me podía quedar todo el día, mirando el vaivén de sus caderas al andar, ¡si casi parecía que volaba!
Al verme, corría hacia mí y me llenaba de esos besos que, de tanta fuerza, acaban doliéndote.
Siempre que la Estrella estaba conmigo, Lucía corría hacia ella y no paraba de hacerla carantoñas, y así podíamos estar buena parte del día, haciendo carantoñas a la Estrella.
Otras veces, al salir, dábamos un paseo por las calles que cada vez eran más frías, o veíamos una película en su casa o en la mía. Hasta que se hacía tarde y terminaba por hacerme hueco en su cama donde siempre estaba ahí. Cuando me revolvía buscando su mirada y me sorprendía al verme abrazado a ella, arropado sin sábanas, alegrando la mañana. Que se quería pegar tanto a mi que cortaba el aire entre los dos, mi respiración.
Ahora sabía que todas las noches iban a estar plagadas de sueños.
Un día, ya cuando el otoño se hacía notar cada vez más, decidimos dar un paseo por el parque, ya que desde verano no paseábamos por allí.
Y la verdad, era otra estampa, otro paisaje donde dominaban caquis y marrones, verdes y grises. Podías añorar las pequeñas flores de primavera y el estampado que forman con sus bellos colores y olores.
Lucía corrió hasta un montón de hojas secas caídas de los árboles y empezó a jugar con ellas, dándolas patadas hasta formar un pequeño colchón, e intentando tirarme en la cama de algodón que había formado alrededor. Al caer, la agarre de la mano y cayó sobre mí, mientras reíamos sin parar hasta dolernos la tripa.
Parecía que el tiempo se había congelado en aquel instante, porque mi mirada se había posado en su mirada, y la suya en la mía, directa a los ojos, como si quisiera hablarme con ellos de lo bello que era estar aquí, disfrutando de las pequeñas cosas a su lado.
- Te quiero- dijo, dándome un vuelco el corazón. Hasta ahora, nunca me lo había dicho y creía que no era la clase de chica que lo fuera a decir nunca. Pero aún así, ¡qué bien sonaba! Y deseaba que me lo dijera todos los días de mi vida.
- Te quiero mucho- repitió.
- Yo también te quiero mucho, preciosa. Te he querido desde el primer momento en que te ví, y te voy a querer siempre.
Y dejó caer de su boca el dulce beso del amor.
De repente, comenzamos a oír el leve sonido de gotitas chocar sobre nuestro rostro, para hacerlo más resbaladizo y acabar su camino chocando con el suelo. Una pareja que pasaba al lado nuestra, nos dijo que la tormenta no amainaría hasta pasadas algunas horas, y que lo mejor sería irnos si podíamos lo antes posible.
Así que tomé a Lucía de la mano y juntos anduvimos por las laderas del parque, pisando charcos, empapándonos como nunca antes, pero riéndonos; no sabía que la vida fuera tan fácil al lado de ella.
- ¿Eres libre de verdad?
- ¡¿Qué?!- contesté, casi sin entenderla.
- Sí, me siento libre, libre como los pájaros que vuelan alto, muy alto en el cielo. Soy como un pequeño pájaro – y al oír al pequeño pajarillo que tenía entre las manos me eché a reír casi de inmediato.
- Pues si tú eres un pájaro libre, ¡yo también lo soy!- Y ambos nos miramos con complicidad hasta que por fin llegamos al portal.
Y por la noche: “Tengo algo para ti, amor”. Y deja caer de su boca el dulce beso de buenas noches, y me quedo mirándola toda la noche, porque es lo más bonito que puedo hacer. La última noche de mi vida junto a ella.
Al día siguiente, cuando cruzaba la calle para esperarla frente a la tienda de fotos Serrano, sólo oía el ruido ensordecedor de la sirena de la ambulancia que se abría camino hacia ninguna parte y el agitar ansioso de mi alrededor, donde yo solamente sabía decir las dos palabras que me había enseñado la musa de mi vida: Te quiero.
Y de repente ya no quedó nada.
Ya en el velatorio, no quiere ni verme. Creo que nunca antes su corazón había albergado tanta tristeza, y se hallaba cabizbaja como cuando al principio me saludaba.
Todos se despiden de ella y van hacia la puerta de salida. Ella les sigue, dudosa por un momento, con sus andares que tan loco me ponían, como una danza para seductora o algo del estilo. Pero, ¿qué hace?
De repente se vuelve, corre hacia aquí con ojos húmedos, y se posa sobre el cristal.
- ¿Por qué...?- tiene los ojos húmedos, hinchados, y la boca entreabierta.
- Te quiero, nunca lo olvides.
El sueño de ayer, aquel que me hacía volar cuando esperaba a que la niña de mi vida me dedicara una sonrisa, y con ella me regalara los mejores días de mi vida.