miércoles, 25 de febrero de 2009

El sueño.

Narrativa.
1-2 ESO

EL SUEÑO

Érase una vez, en un lejano lugar, donde estaba todo estaba cubierto de nieve, pues cinco chicos estaban jugando con la nieve, y ese lugar era una gran mansión, uno tenía novia ese chico se llamaba Mario tenía un Aston Martin, otro se llamaba Adrián que era el que tenía una novia cada día, él tenía un Hummer 2 era un coche espectacular, otro se llamaba Boni él no tenía ni novia ni coche, el siguiente se llamaba Andrés el no tenía novia, pero a él, le gustaban los coches antiguos, él tenía un Seat 600 y por último era yo, yo tenía novia y un Lamborghini amarillo.

Al día siguiente nos fuimos todos de excursiones por la nieve, y cada uno hicimos una fortaleza de nieve, y sí nos dábamos estábamos eliminados. Después de divertirnos un rato fuimos a comer a un restaurante que estaba todo lleno de nieve, porque hacía una ventisca terrible. Al final del día de jugar y comer fuera de la mansión, tocaba decansar para mañana porque iba a ser otro gran día.

Está mañana, nos levantamos todos y vimos que hacía un buen día y dijimos: - ¿Por qué no nos vamos de senderismo?

Y todos dijimos: - ¡SÍ!

Entonces cada uno se fue en su coche hacía la montaña Sontupico, que estaba llena de nieve, y allí nos fuimos de senderismo por un camino que dijo Adrián. Entonces, le hicimos caso, y nos perdimos, a todas las personas, y no nos lo cogía, se nos acabó la batería del móvil, no sabíamos que comer y durmiendo estábamos todos asustados y al final de tres o cuatro días vieron que no había movimiento por la mansión y llamaron a al policía nos encontraron estábamos con enfermedades muertos de sed, de comida y muertos de frío.

Después de pasar una semana en el hospital recuperándonos, el enfermero nos mando a casa.

Todos volvimos a llamar a las personas que llamamos cuando nos perdimos en la montaña Sontupico, y les dijimos: - Muchas gracias por cogerme el móvil el otro día. Y así hasta llamar a todos, y después de una semana y media dura por fin nos fuimos a acostar para el día siguiente.

Al día siguiente seguíamos enfadados y nada menos se nos ocurrió saquear un banco, el banco era Santan Urban, hay dentro estaba el dinero de muchos futbolistas. Entonces, cogimos el coche de Adrián, que era un todoterreno y no se nos quedaba encajado en la nieve, todos íbamos con cosas en la cabeza para que nadie nos reconocieran, llegamos entramos como personas normales atracamos, no nos vio ninguna cámara y nadie sabia quien éramos y antes de que llegase la policía ya estábamos en casa contentos, como si no nos hubiera pasado nada, y en ese mismo momento me despertó la alarma para ir al instituto fue un sueño espectacular

martes, 24 de febrero de 2009

Historia de luna.

Modalidad: narrativa.

1-2 ESO.

Esta es la historia de Luna. Luna se mudó a un pueblo del norte debido a que su padre se había quedado sin trabajo, y allí le ofrecieron uno de mecánico. Su madre había fallecido al nacer su hermano, que ahora tenía cinco años y se llamaba Luis, él la echaba mucho de menos y Luna todas las noches le contaba historias y cuentos que su madre la leía a ella, la falta de su madre le había convertido en un niño introvertido y triste. Luis sentía mucha envidia de que Luna la hubiera conocido,
Luna tenía 12 años con el pelo oscuro y unos ojos verdes muy grandes como los de su madre, era una niña tímida que no se relacionaba con nadie, siempre estaba sola, sus únicas amigas eran sus muñecas a quienes les contaba muchas historias, porque a Luna le gustaba mucho leer libros de misterio.
Cuando llegaron al pueblo les pareció muy bonito y verde, muy verde. Tenía además un caudaloso río y estaba rodeado de grandes montañas.
La nueva casa estaba a las afueras del pueblo, era pequeña pero acogedora. Tenía tres habitaciones en la planta de arriba y abajo una pequeña cocina, un baño y una sala con una chimenea de leña. Además tenía un pequeño jardín en la parte de atrás.
A la mañana siguiente tuvo que madrugar para ir al colegio, estaba muy nerviosa. Los profesores se mostraron amables con ella. Al salir al recreo Luna se sentó sola en un banco y el único que se acercó a ella fue un chico que se llamaba Pablo. Pablo era su vecino, la había visto llegar desde la ventana de su habitación y se había alegrado mucho al verla porque él tampoco tenía muchos amigos.
Una mañana temprano, Luna se levantó para ir al colegio y descubrió que todo estaba nevado ¡Había llegado el invierno! No podía ir a clase porque las carreteras estaban cortadas, y decidió irse al bosque para hacer un muñeco de nieve. Allí se encontró con Pablo, al principio se mostró antipática con él, pero poco a poco fue cogiendo confianza. Pablo le contó que era tradición en el pueblo encender una gran hoguera en la plaza la noche de la primera nevada y pedir un deseo. Luna le miró extrañada y le preguntó:
-¿Es cierto que los deseos se cumplen?
Pablo le contó que había gente del pueblo que decía que sus deseos se habían cumplido, aunque él era un poco incrédulo. Lo que sí era cierto es que esa noche era mágica.
-Entonces, ¿Vendrás esta noche conmigo a pedir tu deseo? dijo Pablo.
-Sí, dijo Luna.
Al llegar a su casa, subió corriendo las escaleras y entró en su habitación, arrancó una hoja de un cuaderno y escribió su deseo, lo tenía muy claro, sería el mejor regalo para su hermano. Lo escribió muy despacio y con buena letra, como si de ello dependiera todo.
Al llegar la noche, acudió con Pablo a la plaza del pueblo. Había mucha gente alrededor de una gran hoguera. Todos parecían felices, y sus caras estaban llenas de emoción, arrojaban al fuego sus deseos en trocitos de papel doblados con la esperanza de que sus deseos se hicieran realidad.
-Vamos, le dijo Pablo, arrójalo de una vez.- ¿Qué has pedido, cuál es tu deseo? Le preguntó.
Luna le miró con sus ojos verdes que brillaban aún más con el resplandor de él fuego, y le susurró al oído, no es un deseo para mí es un regalo, Pablo no lo comprendió y pensó:
-¡Que chica tan rara!
Cuando Luna volvía a casa estaba muy nerviosa, no pudo dormir.
A la mañana siguiente, su padre hizo churros para desayunar, cuando los tres estaban sentados en la mesa, Luis muy nervioso no paraba de dar saltos, parecía que en la silla le hubieran puesto una chincheta, y su padre le preguntó:
-¿Qué te pasa Luis estas muy inquieto, ¿Es que no te encuentras bien?
-Sí, si ¡me encuentro fenomenal! Dijo
¿Entonces qué te pasa? Dijo Luna
Es que anoche soñé con mamá, era muy guapa con unos ojos verdes enormes, además me quería mucho, me contaba cuentos, y jugábamos juntos en el jardín, ha sido genial, éste siempre será mi sueño favorito.
Entonces Luna satisfecha se dio cuenta de que su deseo se había cumplido.

La misión del sol

1-2 ESO
Narrativa

LA MISIÓN DEL SOL

Érase una vez un joven llamado Patros.
Patros vivía solo en una casa. Todos los días se encontraba la ciudad llena de nieve, incluso oía en las noticias que todo el planeta estaba cubierto de nieve. Patros sabía que lo de la nieve era a causa de que no salía el Sol.
Un día Patros oyó un ruido en su casa. Se sorprendió mucho. Fue al salón y se desmayó de lo que vio. Pasaron horas y horas hasta que por fin Patros se despertó. Patros se frotó los ojos porque pensaba que estaba soñando. Entonces reconoció lo que estaba viendo, era Helios, dios del Sol. Helios vino para explicarle la causa de porque no salía el Sol. Helios le dijo que todos los humanos estaban contaminando, y a parte de que estuvieran perjudicando su planeta también lo estaban haciendo al universo incluso a Helios.
Helios le dijo que el era el elegido y que tenía que hacer una misión. La misión consistía en cruzar el Valle de la Muerte para conseguir entrar en el Templo de la Vida. Dentro tenía que encontrar el famoso Bastón Mágico que puede controlar las mentes de las personas.
De repente, Helios desapareció en una abrir y cerrar de ojos. Patros estaba decidido a cumplir la misión.
Esa misma noche preparó la mochila con las cosas que se iba a llevar: linterna, cuerda, gafas con visión nocturna, navaja, botellas de agua, comida y tirachinas.
A la mañana siguiente Patros partió hacia el Valle de la Muerte. Era mediodía y Patros estaba allí, frente a las puertas del Valle. Patros abrió las puertas y se adentró. El Valle era enorme y estaba cubierto de arena. Era el único sitio del mundo en el que daba el Sol. Pero nadie estaba allí porque era el lugar más seco del mundo y no había nada. Decían que había monstruos horribles.
A medida que Patros iba andando notaba que algo le seguía. De repente se dio la vuelta y vio un bulto en la tierra. Fue a tocarlo y al instante Patros salió volando por los aires. No se hizo daño pero se quedó boquiabierto de lo que estaba viendo. Era un escorpión gigante de los nunca vistos. Patros pensó que no había más remedio que luchar. Sacó la navaja y empezó a luchar. El escorpión estaba intentando pincharle con su aguijón. Patros iba esquivando hasta que llegó a su aguijón. Al instante se lo cortó y saltó encima de él. Le clavó la navaja en la cabeza y le mató.
A medida que iba andando se encontró rodeado de cíclopes. Eran cuatro y Patros estaba asustadísimo, pero tenía que luchar. Sabía que los cíclopes eran muy tontos. Entonces a uno le tiró la navaja al ojo y se la clavó. Luego sacó su tirachinas, cogió una piedra y la lanzó al ojo de otro cíclope. Por último aprovechó que cuando estaba cayendo un cíclope salto sobre él y se subió encima de uno de los dos cíclopes que quedaban. Sacó su cuerda, les rodeó con ella y saltó para que los dos cíclopes se chocaran y se cayeran al suelo.
Patros descansó un poco. Al día siguiente iba andando y se encontró un muro de aproximadamente 30 metros de altura que rodeaba algo. Patros estaba ya que no podía más, pero tenía que pensar que sin Sol los seres vivos se extinguirían y el planeta dependía de él.
Patros empezó a escalar. El muro tenía ya muchos años y había agujeros por los que Patros podía meter los pies y las manos. Era ya de noche y ya había llegado arriba y había bajado. Frente a él estaba el Templo de la Vida. Patros decidió descansar.
A la mañana siguiente Patros se adentró en el templo. Nada más entrar vio estatuas de guerreros. De repente entró en una sala muy oscura. Sacó las gafas con visión nocturna. De pronto se empezaron a juntar las paredes. Patros ya no sabía que hacer. Vio una liana y tiró de ella. Pero la cosa se puso peor. Salieron pinchos de las paredes y cada vez estaban más cerca. Fue entonces cuando vio un acertijo. A Patros se le daban muy bien, los resolvía en un momento, pero de lo nervioso que estaba le costaba concentrarse. Las paredes estaban a punto de juntarse cuando lo resolvió. El acertijo decía que tenía que saltar tres veces sobre su mismo sitio y se abriría una puerta. Patros saltó tres veces y se abrió una puerta bajo sus pies. Caía por un tobogán que le llevó a la sala del Bastón Mágico. Allí estaba, al fondo de la sala.
Echó a correr cuando de repente se paró en seco. Había un camino de piedras levadizas. Debajo cruzaba un río de lava, del calor que desprendía Patros se puso a sudar. Patros ya había visto esto en otras películas, tenía que elegir el camino correcto sino caería al río de lava.
Pero de repente la lava estaba subiendo y no tenía tiempo para pensar. Esto no salía en las películas. Ahora solo era cuestión de suerte. Patros puso el primer pie en la primera baldosa, luego en otra. De momento iba bien. Lo cruzó sin problemas. A Patros le parecía raro que no le hubiera pasado nada. A medida que iba andando, sin querer pisó un botón y salieron flechas disparadas. Patros tuvo muy buenos reflejos y se agachó al instante, aunque hubo una flecha que por suerte solo le rozó.
Cuando Patros se levantó el Bastón Mágico estaba delante de él. Patros lo cogió. Cuando lo cogió salió una serpiente gigante. A Patros se le salían los ojos de las órbitas, pero pensó que después de haber pasado por tantas pruebas no se podía rendir.
Patros cogió una espada y empezó a luchar. De repente vio que se abrió un portal para volver a donde vivía. Pero el portal se estaba empezando a cerrar y no tenía tiempo. La serpiente le pegó un coletazo que lo empotró contra la pared. Patros estaba ya arto y su furia no tenía límites. Corrió hacia la serpiente, saltó sobre ella y le clavó la espada en la boca. Patros cogió el bastón y se tiró en plancha al portal.
Apareció en su casa.
Nada más levantarse y darse la vuelta se encontró a Helios. Patros le entregó el bastón, pero Helios lo rechazó. Le dijo que el que tenía que controlar las mentes era el y no Helios. Entonces Patros salió disparado hacia la calle y transportó a todos los seres humanos hasta donde vivía. Allí les metió en la mente que no debían contaminar más, y así fue.
Helios hizo aparecer el Sol. Patros lo había logrado, había sido un héroe, y Helios le prometió que Patros quedaría grabado en la historia como el héroe que salvó el universo.

No dudaría. Matilda.

Poesía. 1-2 ESO NO DUDARIA


No dudaría en abrir en mi ventana
aunque fuese aún muy temprano
si supiera que fuera en la calle
alguien me tiende su mano.

No dudaría en andar el camino
aunque a veces sea muy pesado
si supiera que andando conmigo,
siempre estarás a mi lado.

No dudaría en subir las montañas
o bajar hasta el fondo del mar
si con esto fuera suficiente
para acabar con el odio y el mal.

No dudaría en luchar firmemente
por aquello que vale la pena
porque sé, que luchando entre todos
se pueden romper las cadenas.

Si un día cuando alces los ojos
ya no ves lo azul que es el cielo,
di mi nombre bajito y despacio
y no dudes, llámame sin miedo.

No dudaría en gritar a los vientos
el tesoro que llevo conmigo
un tesoro sin oro ni plata,
es más que eso, eres tu ; mi amigo.

Matilda

Matilda. Un día en la nieve.

UN DÍA DE NIEVE
Este año he pasado las Navidades en el pueblo, como todos los años, allí viven mis abuelos y pasamos estas fechas reunidos toda la familia.
El pueblo se llena de gente que como nosotros viven en las ciudades y acuden para
pasar estos días con sus padres y abuelos que siguen viviendo aquí.
Yo vivo en una ciudad cercana al mar, y allí no ha nevado nunca, solo he visto la nieve por televisión y mi mayor ilusión es poder tocarla, sentirla y jugar con ella., además mis abuelos cuentan que cuando ellos eran pequeños si que nevaba mucho en`
el pueblo, que se cubría de blanco completamente durante muchos días, cuentan lo bien
que lo pasaban durante todo ese tiempo.
Este año como siempre pensaba:
-“ ¿ Nevará este año? ¿ Veré por fin la nieve?”
Las Navidades en el pueblo son fenomenales, además de estar todos juntos y sin demasiadas prisas, mi abuela ( a la que le encanta cocinar) nos prepara unos dulces muy ricos y cada tarde la merienda es un momento maravilloso, todos junto a la chimenea, tomando chocolate y algún dulce o bollo que ha preparado con tanto cariño
¡ en fin una delicia!
Este año, como siempre, no nevaba, ya casi nos teníamos que marchar y había pasado lo mismo que otros años, frío ( lo normal para estas fechas) y sol, menos mal,
porque esto nos permitía jugar en la calle algún rato, lo que estaba bien, pero de nieve ni rastro.
El día 5 de Enero, la víspera de Reyes, mientras estabamos en la Cabalgata; el pueblo
es pequeño pero tiene su Cabalgata y todo; el tiempo cambió, se volvió aún más frío, el aire se nos colaba por todo el cuerpo, la punta de la nariz se congelaba. No sentíamos ni los dedos de las manos ni de los pies.
Tiritando y sin parar de movernos para no quedarnos congelados vimos pasar las carrozas con sus Majestades cargadas de regalos y en cuanto se terminó volvimos a casa. Cuando entrábamos por la puerta del jardín mi abuelo se que mirando al cielo
y exclamó:
- “ Sí no nieva esta noche..... el cielo está muy blanco seguro que nieva mañana”
Aquellas palabras se me quedaron clavadas, me fui a la cama sin dejar de darle vueltas a mi pensamiento:” nieve , ojalá nieve esta noche y mañana todo esté blanco y podamos jugar” ... con esta idea al final me quedé dormida.
En cuanto abrí los ojos, salté de la cama, y subí la persiana para mirar por la ventana, pero... todo estaba igual que siempre, no había nieve por ningún lado. Me
quedé allí quieta, sin saber que hacer, hasta que vinieron mis primos a buscarme para ir todos juntos al salón y abrir los paquetes de Reyes.( Yo ni me acordaba del día que era).
Con la alegría de los nuevos regalos, se me pasó un poco el disgusto, pero ni siquiera
el roscón casero que había hecho mi abuela me estuvo como siempre.
Al desayunar y asearnos, todos los niños nos reunimos en la calle para enseñarnos nuestros juguetes y jugar con ellos.
De pronto, una gota cayó en mi cara, y luego otra y otra....
.- ¡Oh no; ahora se pone a llover! No vamos a poder ni jugar en la calle.- pensé muy
decepcionada.
Miré al cielo y me sorprendió lo blanco que estaba. Lo que yo no sabía es que allá, muy alto, había unas diminutas gotas de agua que a causa del frío se estaban convirtiendo en copos de nieve y que no iban a tardar en caer.
Uno de estos copos, estaba muy nervioso, había sido una gota de agua y pensaba que
iba a caer y desaparecer para siempre; Al convertirse en copo de nieve se había esperanzado, ya era alguien importante, su vida duraría más tiempo, podría caer,
por ejemplo, en una pista de esquí donde un montón de niños jugarían con él, donde
muchas personas lo pasarían bien.
¡ Nieve, nieve, esta nevando! ,- gritó una de mis primas
Todos miramos al cielo, era verdad, empezaban caer pequeñísimos copos de nieve,
casi invisibles, pero allí estaban, estaba nevando. La alegría que sentí fue inmensa, no se puede explicar con palabras. En esos momentos los copos se iban haciendo más grandes
y todo empezaba a cubrirse de blanco. Una intensa cortina de nieve caía a nuestro alrededor y no nos dejaba vernos los unos a los otros.
Nos quedamos quietos dejándonos cubrir por ese regalo del cielo.
Pero claro, enseguida se oyeron las voces de nuestras madres:
.- Niños estáis bobos, con la que está cayendo
.- Os vais a poner malos, todos a casa inmediatamente.
Nos costó mucho trabajo obedecer, pero a mi todavía más que a los demás. Yo fui la más remolona, era algo demasiado maravilloso para encerrarme en casa y perderme ese
espectáculo, pero al final ante la insistencia de los gritos de mi madre, no me quedó más remedio y tuve que pasar a casa.
Subimos las persianas y miramos extasiados como caía la nieve, todo se cubría con una preciosa manta blanca, me parecía irreal, como un sueño, era una imagen de postal,
no parecía mi pueblo de toda la vida, ahora los tejados estaban blancos, los coches apenas si se veían; era mágico.
Los mayores estaban preocupados por el estado de las carreteras, las vacaciones se acababan y al día siguiente todos debíamos volver a nuestras casas, pero yo por dentro
estaba pensando lo que me gustaría quedarme en el pueblo unos cuantos días más.
Después de comer, nevaba mucho menos, así que conseguimos salir a la calle, no solo conseguimos convencer a los mayores para que nos dejaran salir a nosotros, sino que salieron ellos también.
Aquello fue una fiesta, mis tíos, mis primos, mis padres, mis abuelos y yo, todos corriendo por la nieve, todos haciendo bolas, a cual más grande, para lanzarla al que
estuviera más desprevenido. Las risas y los gritos se de debieron escuchar por todos
lados, porque los vecinos salían de sus casas y se unían a nosotros.
Hasta algunos abuelos, con bastón y todo, se contagiaron de nuestra alegría y se
unieron sin dudarlo a la “ batalla”.
Alguien trajo un cartón muy grande, supongo que el envoltorio de algún regalo de
Reyes, y con él improvisamos una especie de trineo, con el que los niños nos estuvimos
deslizando por una cuestecilla, de manera que todavía aumentó más la diversión.
Os preguntareis que habría sido de nuestro amigo, el copo de nieve, pues bien, había caído en el jardín de mis abuelos y estaba encantado viendo a tanta gente disfrutar y pasarlo tan bien, lo único que le preocupaba es que hiciera pronto sol y se derritiera; pero de momento parecía que eso no iba a ocurrir.
.- ¿Cómo no se nos ha ocurrido antes? Vamos a hacer un muñeco de nieve.- gritó mi abuelo entusiasmado, imagino que recordando los días de su infancia.
Como un gran experto, nos llevó al sitio ideal para levantar a nuestro amigo el muñeco de nieve.
Grandes y pequeños seguimos a mi abuelo quien nos condujo a su jardín, una vez allí
y después de echar una ojeada, eligió la zona más sombría, para que en caso de que brillara el sol, no lo derritiera muy pronto y durara algunos días.
Mi abuelo levantó el muñeco pero los demás colaboramos trayendo cosas necesarias
la bufanda, el sombrero, una escoba. A mi vecina se le ocurrió que con los dientes de un
rastrillo de su nieta podía hacerse la boca . Cada uno aportó su granito de arena y al final tuvimos un muñeco magnífico
.-¡ Qué grande!.- decían unos
.-¡ Qué preciosidad! .- decían otros
.-¡ Tiene cara de buena persona!.- dije yo muy emocionada.
Y así sin darnos cuenta cayó la noche y nos tuvimos que meter en casa, al entrar vimos los regalos de Reyes, nadie les había hecho caso, pero es que el regalo, el mejor regalo había sido esa nieve y ese día que habíamos compartido con todo el pueblo.
Antes de dormir, eche un vistazo al muñeco desde mi ventana para darle las buenas
Noches.
A la mañana siguiente, todos me esperaban subidos en el coche ( las carreteras estaban limpias y se podía circular sin problemas ) yo fui a despedirme del muñeco
.- Adiós, tengo que marcharme, pero quiero que sepas que te llevaré siempre conmigo, he pasado el día más feliz de mi vida y tu has estado en él. Te he hecho
un montón de fotos que enseñaré a mis amigos y además siempre que quiera podré
volver a verte. Gracias, nunca te olvidaré. .- Conseguí decirle todo esto aguantando
las ganas de echarme a llorar.
Me quedé mirándole fijamente y me pareció ver una lágrima
.- No puede ser, será que ya empieza a derretirse, pensé intentando encontrar
una explicación.
Le di un suave beso de despedida y corrí al coche, porque mi padre ya se estaba
poniendo nervioso y yo no quería que se enfadase.
Lo que yo no podía saber, es que la lágrima que me pareció ver, era una lágrima real,
el muñeco todavía no se derretía y aún aguantaría algunos días más para recordarle a mis abuelos estas Navidades y sobre todo aquel día tan especial que vivimos
todos juntos.
La lágrima era del copo de nieve que había caído en el jardín, para él también había ocurrido algo muy especial, su corta vida había tenido el mejor de los sentidos porque había hecho realidad mi sueño y me había hecho feliz.

FIN

Matilda

lunes, 23 de febrero de 2009

Quiero que sueñes tú con las estrellas

Quiero que sueñes tú con las estrellas

(Lanna, 2º Bachillerato, poesía)





Busco tan sólo una palabra salida de tu boca, sólo de la tuya.

Y me devuelves un beso.

Busco tan sólo una mirada cuando nadie da nada, sólo una tuya.

Y me devuelves la vida.

Busco el amor tirado en algún rincón, sólo amor de verdad.

Y me devuelves la razón al afirmar que sí, sí existe de verdad.



¿Qué sería de mí sin haberte conocido?

Sin haber aprendido a leer tu mirada

y espantar los nubarrones que te atormentan.

Sin haber aprendido a hacerte reír sin parar

y que acabes envolviéndome en un abrazo.

Sin haber aprendido a quitar mis tonterías

y dedicarme sólo a lo que hace falta.

Sin haber pasado ni un día en que no haya pensado en ti

y acabe loca por verte.



Y le pregunté al sol, qué había en el aire,

porque cada día es más especial.

A la luna, que no cambiara por la noche,

porque ella velaba tus sueños.

A las estrellas...

Quiero que sueñes tú con las estrellas.

El sueño de ayer

El sueño de ayer, aquel que me hacía volar

(Lanna, 2º de Bachillerato, relato corto)



Sueño con el marchitar de las flores de primavera...la añoranza de sus colores, sus formas, sus agradables olores...las hojas ásperas y secas que comienzan a caer de los árboles, como lágrimas. Y ya cuando se han formado montones y montones, corretear entre ellas e imaginarnos que son nubes de algodón, y revolvernos una y otra vez hasta que el pecho nos de tumbos, justo cuando mi mirada se pose en tu mirada, la tuya en la mía.
El frío viento que corta como filo de navaja en un día gris de nubes negras en el firmamento. No correr y gritar, sentir cada gotita desvanecerse por nuestras mejillas, notar como cada parte de tu cuerpo se vuelve más resbaladiza, escuchar las miles y millones de gotitas estrellarse contra el suelo...me encanta. ¿Eres libre de verdad? Libre como los pájaros que vuelan alto, muy alto en el cielo.

Paisaje gris, pero dulce.

Y por la noche: “Tengo algo para ti, amor”. Y deja caer de su boca el dulce beso de buenas noches, y me quedo mirándola toda la noche, porque es lo más bonito que puedo hacer.





Pero ella ya no está junto a mí. Tiene el abrigo entre las manos y no para de besar a mi madre. ¡Ay! ¡Quién pudiera ahora coger uno de aquellos dulces besos! Y lo preciosa que está, aún con esos pelos de loca que tanto la preocupaban y con poco maquillaje de tanto llorar. Ella agarra fuertemente la mano de mi madre y, de vez en cuando deja soltar alguna lagrimilla que se limpia rápidamente para que no contagie a las demás.

De repente, susurra algo al oído de mi madre y desaparece, moviéndose como un fantasma por el mármol del pasillo.







Pero ayer, aún antes de que el sol sustituyera las largas noches de verano por aquel otoño frío y cabrón, esperaba en el banco del parque a que Lucía saliera de la tienda de fotos donde trabajaba. Cuando lo hacía, se me quedaba mirando fijamente con cara extraña y sólo algunas veces me saludaba con un leve susurro y cabizbaja. Yo, ante eso le regalaba la más amplia sonrisa que sabía, y la perseguía con la mirada hasta que doblaba la esquina camino hacia su casa. Casi era metódico. Muchas veces excusaba mi comportamiento con un libro entre las manos, fingiendo leer novelas de amor o de aventura, y otras sacando a pasear a la Estrella.

Cuando ya no la veía, volvía a casa tardando el doble de lo normal, repasando cada movimiento de sus caderas, mientras mi sonrisa se difuminaba poco a poco de la cara. En aquellas ocasiones, ella me parecía una princesa, una chica imposible para alguien como yo, sin trabajo, sin coche, sin futuro, puro desorden y casi un mocoso. Me ponía muy nervioso recordar lo hermosa que era, lo que le brillaba el pelo desde muy lejos y lo que era yo, siempre mendigando monedas para conseguir comprar tabaco. Me enfadaba mucho conmigo mismo, sentía rabia por no saber cambiar o por habernos encontrado en un momento malo de la vida.

Porque yo sí esperaba hacer grandes cosas, tenía sueños, ideas, proyectos... Tan sólo era una mala racha y prefería pensar que las cosas buenas vendrían cuando estuviera ella a mi lado; y cuando lo estuviera, viviríamos todas juntos y seríamos tan felices que no necesitaríamos nada más en nuestro interior.









Así fueron pasando los días. Las mañanas las dedicaba a ir de aquí para allá, dejándome caer en un lado y en otro en busca de algún sitio donde necesitaran a alguien que les echara una mano con pequeñas o grandes cosas, fueran lo que fuesen, daba igual, yo a todo me adaptaba. Algunas tardes las pasaba con el único amigo del cole que me quedaba y dábamos una vuelta desde la calle del Fresno subiendo hasta Miraflor, donde a lo lejos se podía ver “fotos Serrano, sus fotos en una hora” desde el principio de la calle. Pero nunca me acercaba.

A eso de las ocho y media, mis citas y tareas se aplazaban hasta mañana y corría a casa para arreglarme lo mejor que sabía hacer, coger a la Estrella o “Viajes hacia un nuevo mundo” y volver a Miraflor para ver la cara curiosa de la niña que más loco me tenía.







Un caluroso día de principios de agosto, avisaron una gran ola de calor y casi se hacía imposible salir de casa. Casi sin ganas, bajé a por comida para la Estrella y poco después me tumbé en el sofá, intentando reconciliar el sueño perdido de la noche pasada donde el viento no apareció por ninguna parte y tanto calor parecía abrasarme.



Me desperté sobresaltado en un sueño donde, por más que corría no llegaba a la tienda de fotos Serrano y rápidamente miré el reloj, con la esperanza de que fuera un sueño y nada más. “No, no puede ser...” En efecto, eran las nueve y media.

Bajé las escaleras de dos en dos casi perdiendo la respiración y corrí y corrí calle Miraflor arriba, notando la pesadez de mis piernas que no conseguían avanzar ni un palmo de distancia.

De repente allí la vi, a lo lejos, sentada en el banco de enfrente de la tienda que tanto conocía. Tuve que pararme en seco aunque quería correr hacia ella, sabía que algo iba mal. Siempre podía ver su brillo especial a un kilómetro de distancia, pero aquella noche sólo despertaba tristeza. ¿Qué habría pasado?

Despacito me acerqué. Al verme junto a ella, alzó su dulce mirada llena de lágrimas y se levantó rápidamente para abrazarme con fuerza. Lloraba sin parar, con rabia, y la impotencia me invadió al no poder hacer nada.

En la atmósfera calurosa de aquel día de verano ardía la furia que poco a poco fue soltando hasta finalmente dejarse caer en el banco. Yo la miraba, y pasaron miles y miles de ángeles que dejaron un silencio casi incómodo entre los dos.



- Siento lo ocurrido.- dijo, haciendo chocar las palabras una a una como si quemaran de su boca. – Sólo es que me siento muy mal. He tenido un día de perros y me han dicho que tal vez cierren la tienda.- Al pronunciar esto suspiró levemente y algunas lágrimas rebeldes comentaban a encharcar sus ojitos marrones. Saqué un pañuelo y con delicadeza, sequé a las rebeldes que ya corrían por las mejillas.



De nuevo se levantó y me regaló otro de sus abrazos. Esta vez se había dejado olvidada la rabia que hace un momento la dominaba.

- ¿Te apetece dar un paseo?- inquirí con valor. Y ella me contestó con la sonrisa más bonita que jamás había visto.









Andamos en silencio entre las calles, mirando a la gente que reía sentada en la terraza de algún bar o que daba una vuelta como nosotros disfrutando de la suave brisa que por fin salía.

Y de repente se giró, dejándome ver los ojos más brillantes que jamás había visto.
Al principio pensé que sería la luz de la farola en la oscuridad de aquella noche, en la que por más que intentaba ver una estrella no encontraba ninguna.


- Bueno y ahora, ¿dónde vamos?- dije, poniéndome frente a ella de manera que nuestras miradas se posaron una en la otra. Habíamos llegamos a una calle sin salida. Lucía dudó pensativa un minuto, y finalmente dijo con soltura:



- A las estrellas...Llévame lejos, muy lejos...al cielo.- y me dio bruscamente la espalda para alzar la vista al cielo, como una gran soñadora.- Donde no exista el tiempo, horas, minutos segundos...Donde me pueda quedar junto a ti para siempre.


Y tan pronto me sentía como si mil nubes besaran mi cuerpo en los cojines del cielo...nuestro cielo. Se abalanzó precipitadamente a un banco cercano y esperó a que yo la siguiera y me sentara a su lado. Acurrucó su cabeza entre mis manos con gran ternura maternal y cerró los ojos fuertemente. De repente los abrió y dijo:



- Ven, acuéstate sobre mi y veamos juntos el cielo.- casi de inmediato, sin pensarlo, incrédulo, como si fuera un sueño, me dejé caer sobre ella con cuidado de no hacerla daño. Hicieron falta unos minutos hasta encontrar la postura correcta pero al final dijo:



- Ojalá pudiéramos ver algo más que este cachito que se extiende sobre nosotros,

pero bueno... En Madrid no se pueden ver las estrellas.



...



- Pero imagina por un momento que no estás aquí, que te pones los cascos del mp3 y vas al lugar donde quieres estar. Entonces, ¿donde estarías?- su pregunta me pilló por sorpresa y al ver que no contestaba, puso una mueca de no ser tan difícil. Es cierto que todo el mundo tiene un lugar donde le gustaría huir siempre que lo necesite, pero para mí cualquier lugar sería bueno estando con ella. Finalmente, cansada de esperar, contestó:



- Yo elijo una gran isla desierta, con una playa enorme de agua cristalina y arena finita. Pero te tienes que bañar ¡eh! Nada de que el agua está muy fría. – me sonrió con complicidad.- Y aún están tan bien...los paseos por la arena, las olas sacudiéndonos los pies, el sol calentándonos el corazón...hasta casi arder. Sin nubes, ni lluvias, ni truenos que nos quiten el sueño por las noches, ni nada que nos moleste.








Y cuando me quiero dar cuenta, veo que alza la vista al cielo y se encuentra con esas pequeñitas estrellas que iluminaban sus sueños, se que también mis sueños.
De nuevo volvieron a pasar esos ángeles que dejaban un gran silencio atroz, y de nuevo estaba ella para romperlo.
- Siempre estabas a la salida de la tienda de fotos... ¿Por qué? Si muchas veces veía el libro al revés y que no hacías caso a la perra. Se te veía tan...feliz. Muchas veces imaginaba que tu vida era demasiado agradable para estar siempre allí, a la misma hora, en el banco de enfrente de la tienda ... Siempre sonriente. - No supe qué contestar, tal vez tampoco tenía nada que decir...- Pero me hacía feliz verte allí, esperando en el banco a que pasara algo. Y cuando ya pasaba, te ibas tranquilamente, aliviado y aún más sonriente.
Y de repente pareció comprenderlo todo. De un movimiento se puso erguida y me miró con ojos de pecado. Yo no podía decir nada.... pero ya no hacía falta decir nada.
En aquel preciso momento, mientras las hadas terminaban de tejer sus sueños y dejaban atrás su día, me apresuraba por dedicar una acaricia.. Los ojos seguían brillantes, la pasión, efímera en el interior, todo se había quedado intacto, el tiempo no había rasgado las entrañas ni asfixiado al corazón. Susurros, caricias, miradas bajo la luna hasta que la sangre ardió en mi interior, me consumía tan lentamente...
Sentí cómo sus tiernos labios rosados dejaban escapar el dulce beso del cielo que nos habíamos creado en nuestros sueños. Porque casi parecía un sueño, en el que nacía en mí una nueva ilusión, y miles de nuevos deseos.
Me sonrió, y yo no dejaba de sonreírla, mientras mirábamos al cielo en busca de estrellas. De repente me acordé de algo:
- Lucía...¿Recuerdas la primera vez que nos encontramos? – me miró con la misma cara asombrada que ponía las veces que iba a verla a la calle Miraflor. Era de esperar. Desde hacía meses me fijaba en ella todos los días, cada detalle de cada día hacía mella en mi interior y su recuerdo me perseguía . ¡Cómo para olvidarme!

- Yo si, yo nunca lo olvido. El dulce de tu voz, de tu risa, ¿qué pensarías de mí al verme? Aquel día en el que fui a hacerme unas fotos y encontré a la fotógrafa más simpática del mundo.

Hice una breve pausa. Ella no me miraba, como esperaba, sino que seguía el hilo de mi voz cabizbaja y pensativa.







- Se, que es loco, pero también recuerdo lo que vestías, lo que vestía. Es curioso, ¿no? cómo estas pequeñas cositas pueden clavarse en la mente; e inevitablemente cada vez que viajo hacia aquel lugar, asaltan sin querer mis pensamientos. Yo los intento calmar, créeme que les intento calmar, les susurro despacito y les digo que ya, que lo dejen en paz, pero rebeldes e inquietos vuelven a atacar.

Tú me decías que sonriera, que era una pena que saliera tan serio teniendo una sonrisa tan bonita. Pero yo sólo podía reírme contigo. Y parece como si hubiera pasado una eternidad...y tan solo ha pasado una puesta de sol, esta vez la hemos pasado juntos...el tiempo vuela.

Aquella tarde podía haber empañado sus ojos en lágrimas, podía estar más sensible que de costumbre pero cuando volví a mirarla había en sus ojos un brillo especial, casi cegador.

Inmediatamente se incorporó, lanzó un leve suspiro al aire y de manera tierna me susurró: “¡Qué fácil eres de querer!” Y me besó nuevamente.



Y quería y deseaba que se parase tiempo ahí, en ese preciso momento, y que no pasara ni un segundo. Que su mirada siguiera clavada en mi mirada, que inunden besos, abrazos, caricias...

Mentiría al decir que no me sentía bien. Mentiría una vez más al decir que podía pedir más y más, ¿qué más podía querer? Éramos como frágiles pompas de jabón, perdidas en la magia de una locura; porque locura, es amor.







El reloj de la plaza tocó las campanadas de medianoche y Lucía se agitó nerviosamente. Yo ya sabía qué significaba: teníamos que irnos. Seguramente querría descansar para afrontar el día con muchas más ganas (y así esperaba) que hoy.

Bajamos juntos hasta la calle Miraflor, donde ella torcía la esquina y yo bajaba de nuevo la calle. Me dio un dulce beso de buenas noches y la prometí estar mañana a la misma hora en el banco que tanto conocía, como ya había hecho tantas otras veces.

Cuando ya no la veía, me dispuse a bajar la calle tan tranquilamente como antes hacía, pensando en ella y todo lo vivido aquel día. Ahora estaría en casa, soñando, y yo querría...


Querría haber tenido unas preciosas alas de colores para volar hasta su casa, posarme en su ventana y contemplar cada segundo de la vida que pasa, cada risa que la haga saltar de alegría, cada vuelco que de el corazón, susurros del alma... Cada lágrima de esas que ya no irías nunca más a soltar.

Y despacito, cuando la luna ilumine tus sueños querría mecerme hasta la cama...compartir juntitos un ratito en tus oídos, corretear entre las sabanas que se que aun guardan tu olor, regalarnos aunque sea en sueños mil abrazos y velar por el ultimo sueño de la noche y el primer pensamiento de mañana.











Los días siguientes vinieron como un sorbo de agua fresa y pasaron volando el cielo azul, que cada vez se teñía más de gris y se vestía más de otoño.

Como antes, acudía cada día a la misma hora a recoger a Lucía, esperando a que saliera con ese aire lleno de vida que tanto me contagiaba. Y así me podía quedar todo el día, mirando el vaivén de sus caderas al andar, ¡si casi parecía que volaba!

Al verme, corría hacia mí y me llenaba de esos besos que, de tanta fuerza, acaban doliéndote.

Siempre que la Estrella estaba conmigo, Lucía corría hacia ella y no paraba de hacerla carantoñas, y así podíamos estar buena parte del día, haciendo carantoñas a la Estrella.

Otras veces, al salir, dábamos un paseo por las calles que cada vez eran más frías, o veíamos una película en su casa o en la mía. Hasta que se hacía tarde y terminaba por hacerme hueco en su cama donde siempre estaba ahí. Cuando me revolvía buscando su mirada y me sorprendía al verme abrazado a ella, arropado sin sábanas, alegrando la mañana. Que se quería pegar tanto a mi que cortaba el aire entre los dos, mi respiración.

Ahora sabía que todas las noches iban a estar plagadas de sueños.



Un día, ya cuando el otoño se hacía notar cada vez más, decidimos dar un paseo por el parque, ya que desde verano no paseábamos por allí.

Y la verdad, era otra estampa, otro paisaje donde dominaban caquis y marrones, verdes y grises. Podías añorar las pequeñas flores de primavera y el estampado que forman con sus bellos colores y olores.

Lucía corrió hasta un montón de hojas secas caídas de los árboles y empezó a jugar con ellas, dándolas patadas hasta formar un pequeño colchón, e intentando tirarme en la cama de algodón que había formado alrededor. Al caer, la agarre de la mano y cayó sobre mí, mientras reíamos sin parar hasta dolernos la tripa.

Parecía que el tiempo se había congelado en aquel instante, porque mi mirada se había posado en su mirada, y la suya en la mía, directa a los ojos, como si quisiera hablarme con ellos de lo bello que era estar aquí, disfrutando de las pequeñas cosas a su lado.

- Te quiero- dijo, dándome un vuelco el corazón. Hasta ahora, nunca me lo había dicho y creía que no era la clase de chica que lo fuera a decir nunca. Pero aún así, ¡qué bien sonaba! Y deseaba que me lo dijera todos los días de mi vida.

- Te quiero mucho- repitió.

- Yo también te quiero mucho, preciosa. Te he querido desde el primer momento en que te ví, y te voy a querer siempre.

Y dejó caer de su boca el dulce beso del amor.



De repente, comenzamos a oír el leve sonido de gotitas chocar sobre nuestro rostro, para hacerlo más resbaladizo y acabar su camino chocando con el suelo. Una pareja que pasaba al lado nuestra, nos dijo que la tormenta no amainaría hasta pasadas algunas horas, y que lo mejor sería irnos si podíamos lo antes posible.

Así que tomé a Lucía de la mano y juntos anduvimos por las laderas del parque, pisando charcos, empapándonos como nunca antes, pero riéndonos; no sabía que la vida fuera tan fácil al lado de ella.





- ¿Eres libre de verdad?

- ¡¿Qué?!- contesté, casi sin entenderla.

- Sí, me siento libre, libre como los pájaros que vuelan alto, muy alto en el cielo. Soy como un pequeño pájaro – y al oír al pequeño pajarillo que tenía entre las manos me eché a reír casi de inmediato.

- Pues si tú eres un pájaro libre, ¡yo también lo soy!- Y ambos nos miramos con complicidad hasta que por fin llegamos al portal.



Y por la noche: “Tengo algo para ti, amor”. Y deja caer de su boca el dulce beso de buenas noches, y me quedo mirándola toda la noche, porque es lo más bonito que puedo hacer. La última noche de mi vida junto a ella.











Al día siguiente, cuando cruzaba la calle para esperarla frente a la tienda de fotos Serrano, sólo oía el ruido ensordecedor de la sirena de la ambulancia que se abría camino hacia ninguna parte y el agitar ansioso de mi alrededor, donde yo solamente sabía decir las dos palabras que me había enseñado la musa de mi vida: Te quiero.

Y de repente ya no quedó nada.









Ya en el velatorio, no quiere ni verme. Creo que nunca antes su corazón había albergado tanta tristeza, y se hallaba cabizbaja como cuando al principio me saludaba.

Todos se despiden de ella y van hacia la puerta de salida. Ella les sigue, dudosa por un momento, con sus andares que tan loco me ponían, como una danza para seductora o algo del estilo. Pero, ¿qué hace?

De repente se vuelve, corre hacia aquí con ojos húmedos, y se posa sobre el cristal.



- ¿Por qué...?- tiene los ojos húmedos, hinchados, y la boca entreabierta.

- Te quiero, nunca lo olvides.







El sueño de ayer, aquel que me hacía volar cuando esperaba a que la niña de mi vida me dedicara una sonrisa, y con ella me regalara los mejores días de mi vida.